Cientificidad, educación y lenguas: una reflexión crítica desde la investigación educativa
Desde la infancia, observamos diferencias claras entre la rama de humanidades y la científica. Los adjetivos que nos califican según nuestros gustos dan mucho que pensar sobre cómo está (o estaba) estructurado el sistema educativo y qué se premia exactamente. A los «cerebritos», es decir, a quienes se les daban bien las matemáticas o las ciencias experimentales, se los consideraba «afortunados». Daba incluso la sensación de que todos los profesores los querían como alumnos. En cambio, los que optábamos por las humanidades siempre hemos sido «los otros», especialmente los que cursábamos Latín y Griego en Bachillerato. A los de letras, en muchas ocasiones, nos han hecho sentir inferiores por tener prioridades distintas, alejadas de la ciencia «pura» o de las llamadas «ciencias duras». Se nos segregaba en dos grupos, los «listos» y los «tontos», aunque nunca se dijera de forma explícita. Los primeros parecían responder a perfiles rígidos, calculadores y fríos; los de humanidades éra...