Cientificidad, educación y lenguas: una reflexión crítica desde la investigación educativa
Desde la infancia, observamos diferencias claras entre la rama de humanidades y la científica. Los adjetivos que nos califican según nuestros gustos dan mucho que pensar sobre cómo está (o estaba) estructurado el sistema educativo y qué se premia exactamente. A los «cerebritos», es decir, a quienes se les daban bien las matemáticas o las ciencias experimentales, se los consideraba «afortunados». Daba incluso la sensación de que todos los profesores los querían como alumnos. En cambio, los que optábamos por las humanidades siempre hemos sido «los otros», especialmente los que cursábamos Latín y Griego en Bachillerato.
A los de letras, en muchas ocasiones, nos han hecho sentir inferiores por tener prioridades distintas, alejadas de la ciencia «pura» o de las llamadas «ciencias duras». Se nos segregaba en dos grupos, los «listos» y los «tontos», aunque nunca se dijera de forma explícita. Los primeros parecían responder a perfiles rígidos, calculadores y fríos; los de humanidades éramos vistos como reflexivos, reivindicativos o abstractos. Esta división no era solo simbólica, sino que se trasladaba también a las decisiones académicas.
Un ejemplo claro se observa en la elección de la segunda lengua extranjera. Entramos aquí en el quid de la cuestión. Tradicionalmente, se ha extendido la idea de que la asignatura de francés era «fácil». Esto llevaba a muchos estudiantes a matricularse con el único objetivo de «pasárselo bien». Esta percepción impedía progresar en el aprendizaje del idioma, especialmente entre el alumnado interesado, ya que no se podía aumentar el nivel ni plantear retos más exigentes. En mi opinión, este es un fallo del sistema educativo que debería revisarse. Del mismo modo que, a partir de la teoría sociocultural de Vygotsky y del concepto de andamiaje desarrollado posteriormente por Bruner, se aplican estrategias de andamiaje para guiar progresivamente al alumnado en su aprendizaje y favorecer su autonomía, también resulta fundamental «empujar» al alumnado altamente motivado, que a menudo se queda anclado en su zona de desarrollo proximal sin llegar a desarrollar todo su potencial.
Llegados a este punto, no parece tan difícil responder a la pregunta de si las humanidades son ciencias, especialmente cuando hablamos de investigación educativa y de lenguas. La ciencia no es una realidad única: las ciencias son múltiples y diversas, y sus métodos responden al objeto de estudio que analizan. Por tanto, investigar cómo aprenden los estudiantes, cómo se enseña una lengua extranjera o cómo influyen las decisiones pedagógicas en el aula forma parte también de una producción de conocimiento científico.
Esta idea se entiende mejor si atendemos a lo que plantea Susanna Priest en su artículo ¿Qué tienen de científico las ciencias sociales?, ya que no todo modo de producir conocimiento puede considerarse científico, pero sí existen múltiples formas legítimas de hacer ciencia. La autora expresa que la cientificidad no depende exclusivamente del experimento de laboratorio, como tradicionalmente se ha asociado a las «ciencias duras», sino del rigor metodológico, de la sistematicidad en la recogida y análisis de datos y de la coherencia teórica del proceso investigador. Desde esta perspectiva, las ciencias sociales y la investigación educativa también generan conocimiento científico, aunque trabajen con realidades complejas, cambiantes y difícilmente cuantificables, como las actitudes, las prácticas docentes o los procesos de aprendizaje. Además, Priest señala que, en investigación educativa, el investigador forma parte del contexto que estudia, ya que analiza prácticas en las que él mismo interviene. Esto exige una actitud crítica y reflexiva que refuerza el rigor del proceso investigador, que implica observar, analizar y cuestionar la práctica docente con el objetivo de comprenderla mejor y transformarla.
Más compleja resulta la cuestión de si todas las formas de hacer ciencia son válidas. Valeria Levratto y Ángel Barbas, en su artículo Las Humanidades y las Ciencias Sociales también son ciencia, defienden que no existe una única forma válida de hacer ciencia, sino una pluralidad de enfoques adaptados al objeto de estudio. Desde su perspectiva, las Humanidades y las Ciencias Sociales no son una ciencia «menor», sino una forma necesaria de producir conocimiento cuando se analizan realidades educativas y sociales.
En definitiva, considerar la investigación educativa como científica implica replantear muchas de las jerarquías que el propio sistema educativo ha contribuido a construir. Investigar cómo se enseña y cómo se aprende una lengua extranjera no es una tarea menor, sino una necesidad para mejorar la práctica docente y responder a la complejidad del aula. Reconocer el valor científico de las Humanidades y de las Ciencias Sociales supone cuestionar una visión de la ciencia demasiado reducida, que no siempre se ajusta a la realidad educativa.

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